¿Quién ha inventado estas normas?

Los expertos afirman que la crisis es una oportunidad, y así es. Menuda paradoja.

Amigos que pasados los treinta han parado y han observado la realidad desde otros puntos de vista, y lo que han visto no les ha gustado. Momentos de ordenar la casa.  La crisis de los 30, la de los 40, la de los 50…

Venga, juguemos a clasificar a las personas en función de su relación con el trabajo y la profesión: nos encontramos con 1) aquellos que viven en perfecta harmonía con lo que hacen, 2) aquellos que aun siendo felices andan mirando alrededor, valorando opciones…, y 3) finalmente aquéllos que posiblemente no se sienten realizados pero tampoco reflexionan sobre el tema, únicamente se dejan llevar por la corriente de la rutina.

Estas reflexiones nos conducen a tópicos como “trabajar en algo que realmente te apasione es una gran suerte, un gran lujo”. Ante cualquier inquietud o estudio universitario aparentemente sin salida profesional también escuchamos el “¿y esto para qué sirve?”. Para mí es tan absurdo un comentario como el otro: el primero porque creo que afirmar la existencia de este lujo es ponerse un muro donde no lo hay. No es un lujo, es una opción y, en la mayoría de los casos, una decisión. El segundo porque valorar una profesión desde una óptica utilitarista denota una visión limitada del mundo.

Si estamos de acuerdo en que el número de barbacoas o asados con amigos es un indicador de felicidad, por qué seguimos preguntando el “para qué sirve?”.

Revolutionary Road nos invita a reflexionar sobre tomarse en serio eso de “hacer lo que te gusta”. Gran libro y gran película:

Frank (interpretado por Leonardo DiCaprio) es un chico con una vitalidad infinita, con sueños, una persona que sabe lo que no quiere pero no  sabe lo que quiere. Bueno, sí, sabe que “quiero sentir cosas”. Frank conoce a April (Kate Winslet), se enamoran y por circunstancias de la vida (que todos tenemos) y con el paso de los años se ven sumergidos en los convencionalismos de siempre: hijos, casa en las afueras, trabajo de oficinista para él, April (actriz frustrada) ama de casa… todos los sueños se van diluyendo en un día a día que precisamente no les permite sentir cosas. April, consciente de ello, plantea a Frank cambiar de vida, cumplir el sueño de vivir en París para que Frank se dedique sencillamente a vivir, a sentir, y tal vez a descubrir aquel talento que nunca ha encontrado en sí mismo. Inicialmente Frank acepta, pero poco a poco va cediendo a la presión de abandonar un estatus, unos ingresos, un ascenso en el trabajo (un trabajo que no le apasiona pero se le da bien), una supuesta responsabilidad de mantener a la familia y a la mujer, la opinión de sus compañeros de trabajo y de sus amigos, etc.

El tratamiento de la temática es exquisito, y lo es porque transmite perfectamente lo que sienten los personajes. ¿Será porque estas emociones y sentimientos nos resultan cercanos? Si ves la película, posiblemente desapruebes los actos de Frank, cuando curiosamente hoy en día nos dejamos someter (igual o más que él) por esta singular presión, tan aburda como diabólica.

En cualquier caso, tal y como hemos organizado este circo, es complicado no malinterpretar esta  falsa responsabilidad de no hacer lo que uno quiere (dicho de otra forma, es fácil entrar en el bucle del circo), y una vez estás bien metido en él, los tienes que tener bien puestos para salir, para parar, para buscar.

Te invito a verla. Sin grandes pretensiones es una buena historia y la interpretación de los actores es más que correcta. No te dejará indiferente.

 

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